Hispanidad y americanismo:
A cinco siglos del Descubrimiento de América y a sólo diez del final del milenio es tiempo propicio para hacer una pausa y en ella una reflexión: ¿Quiénes somos nosotros?, ¿De dónde venimos?, ¿Qué significan esta hispanidad y esta cultura iberoamericana que irrumpen en el sueño americano de oportunidades para todos, en el corazón del mundo anglosajón? Si no respondemos con profundidad a tales cuestiones esta reunión no tendrá más valor que el de un encuentro más entre buenos amigos.
Desde el fondo de la crisis de este siglo, provocadas por la vorágine de revoluciones sociales colectivistas, cuyas estructuras se han desplomado una a una, como la reciente caída del Muro de Berlín, filósofos de diferentes escuelas convergen en que también la decadencia de Occidente, proclamada hace ya más de medio siglo por Spengler, es un supuesto proceso progresivo e irreversible que superará toda la serie de pasadas decadencias.
El hombre, ciertamente, ya hace veinte años que alcanzó la Luna y se encuentra en camino hacia otros cuerpos celestes; el hombre ha creado con la cibernética, máquinas "inteligentes" que lo pueden sustituir en actos de administración y gobierno; el hombre posee arsenales para destruir el planeta Tierra varias veces; el hombre se quiere convertir en fuente de vida y en corrector del género humano a través de la ingeniería genética... el hombre, en una palabra, emula a su Creador al tiempo que construye un mundo en que pretendería prescindir de El.
Se trata del fenómeno de la "desdivinización del mundo" a que alude Karl Jaspers, como resultado de la inversión de valores que es causa eficiente de la decadencia. De esta manera, resultamos colocados, a la vez, en la alta atalaya de un mundo cuyo monarca se llama "tecnología", pero donde también parece que se nos escapa el sentimiento por lo que es trascendente y eterno. Por eso, desde aquí mismo, desde este punto geográfico e histórico, les convoco a desplegar un esfuerzo por el autoconocimiento, por la autodefinición, y a responder la pregunta: ¿Quiénes somos nosotros?, con las siguientes palabras: nosotros somos los Hispanos, somos los Latinos, somos los descendientes por la carne y por el espíritu de aquellos hombres que cruzaron el Mediterráneo desde Grecia, desde Roma, desde Cartago, desde Oriente Medio y otros tantos lugares, para unirse a la España que ya era celta en Galicia, visigoda en Castilla, fenicia en Levante y árabe en Andalucía. Todos esos hombres vinieron a América y de una u otra manera son nuestros antepasados.
Caudillos, misioneros y aventureros de todas esas razas milenarias se hicieron presentes en la conquista y en la conformación de Iberoamérica que, antes de producir oro, plata u otros productos, produjo el mestizaje como generosa expresión biológica de este encontrarse de dos corrientes humanas que fluían de la misma fuente de antiguas estirpes y culturas solares, cuyo posible origen común se pierde en la prehistoria.
No habían pasado ni cien años después del Descubrimiento y ya primaba por todas las regiones del Nuevo Mundo el mestizaje recién formado: el español, el indio, el negro, el mestizo, el mulato, el zambo y todos sus derivados rompen el mito racial y comienzan a forjar la familia Iberoamericana. Las sabias leyes hispanas prohíben la inmigración de mujeres solteras con el bien claro propósito de que los conquistadores tuvieran hijos en las Indias, obligando a la altiva raza de los señores de Europa a fecundar el seno ubérrimo de las hijas de los señores mayas, aztecas, zapotecas, quechuas, aymaras, chibchas y muchas más no menos capaces de emparentar con aportar válidos en todos los órdenes.
Los vástagos de esa procedencia, que es la nuestra y a la que solamente pocos se escapan en Hispanoamérica, eran de inmediato bautizados para su ingreso en la comunión espiritual que marcó el compromiso entre Colón, la Reina Católica y Juan Pérez de Marchena y, al empezar a balbucear sus primeras palabras, se les enseñaba el idioma castellano -por entonces ni siquiera mayoritario en la propia Península Ibérica- y con el tiempo es indiscutido que existen zonas de México, Colombia y Argentina donde la pureza del idioma, al menos en el lenguaje escrito, se respeta al nivel de los más doctos en España.
Si colonizar quiere decir sembrar, cultivar y cosechar, no hay duda de que el coloniaje español fue eso en su más pura significación. Se sembró con la propia sangre, se cultivó al espíritu con una nueva religión amorosamente inculcada por sacrificados misioneros y se cultivaron las mentes con los últimos conocimientos de la edad de oro peninsular. Fue así
como la joven América se formó fuerte, libre, abierta y heredera consciente de las estirpes que le dieron vida.
¿Errores? ¿abusos?, los hubo y muy grandes. Baste recordar la lucha entre Dominicos y Franciscanos en la que los primeros pugnaban por la abolición de las encomiendas, porque en muchas de ellas se esclavizaba al indio o se le hacía trabajar hasta el agotamiento. Pero el remedio fue igualmente inhumano: traer negros de África para sustituir a los indios en las labores más rudas; lo que provocó durante varios siglos la cacería de seres humanos, principalmente en África para traficar con ellos; infamia en que, por cierto, no fueron los hispanos sino otras razas las que en ello se vieron involucradas.
Esto dio lugar, sin embargo, a que Inglaterra, Holanda, Alemania y otros países con ambiciones hegemónicas, yalentado su antihispanismo por la Reforma, hicieran correr por el mundo la calumnia de que la España de la conquista no era cristiana, porque extendió sus dominios ultramarinos a sangre y fuego, destruyendo y aniquilando cuanto se oponía a su expansión material, y a la sed de oro de sus capitanes.
Esa fue la leyenda negra antiespañola que sólo los siglos se han ido encargando de borrar. Y no por olvido, porque la historia no olvida, sino por la observancia objetiva y serena de los hechos de hoy, como éste, en que un conglomerado de hispanos estamos aquí para proclamar con enorme orgullo nuestra procedencia y el cúmulo de beneficios recibidos por el descubrimiento y por la acción evangelizadora y educadora de la España de los siglos XVI, XVII y XVIII.
Esta es la cultura que heredamos, que enseñamos, que defendemos; el cultivo de lo espiritual que hemos aprendido de nuestros abuelos; de lo esencial que bulle dentro de nosotros mismos y que nos dice que no es posible que olvidemos dónde nacimos, cómo se formó nuestra carne y en qué libro y en qué idioma aprendimos a leer, a sentir y a amar... Esos somos nosotros, los hispanos, y a mucho orgullo.
No es posible que los discípulos y descendientes de la sabiduría filosófica y jurídica de Luis Vives, de Vitoria y de Suárez y del ímpetu nacionalista y visionario de Bolívar, de Sucre, de San Martín o de Morelos, olvidemos la esencia de las cosas y nos preocupemos sólo de su existencia. La cultura española se halla intacta tal cual nos la trajeron nuestros antepasados más la aportación de generaciones que la enriquecieron lo mismo en la montaña que en el trópico. No es, evidentemente, la cultura que sustenta el imperio tecnológico, pero podría ser, en un momento culminante de la historia de la humanidad, la savia vivificadora que orientara a los sabios de la energía nuclear, de la informática y de la genética hacia la reconciliación definitiva de la creatura con su Creador.
Ya en la época de George Washington y demás precursores de las luchas de independencia se dijo y se repite aún que América es el continente de la libertad, significando con ello el repudio que los oriundos de esta tierra sentimos hacia cualquier forma de tiranía. En ello coincidimos los latinos del Centro y del Sur con los anglosajones del Norte y del Caribe y esa convicción tal vez sea el primer puente de cabezas firmes que se haya establecido entre las dos grandes comunidades americanas: la hispana y la anglófona que hoy por hoy no es menos mestiza que la nuestra.
De los quinientos años que tiene América de pertenecer al mundo occidental, lamentablemente sólo en los últimos cincuenta ha venido cobrando fuerza el movimiento unificador del panamericanismo. La Europa de los siglos XVI al XVIII no pudo tolerar que España fuera la única potencia americana y Holanda, Inglaterra y Francia lanzaron expediciones arrebataron unas tierras y compraron otras, arrancando de raíz la simiente de las razas ahí existentes y marcando una frontera que ya no podían trasponer ni gente de la talla del padre Kino o de fray Junípero Serra, pero que sí podía ser violada hacia el Sur, hasta donde las armas lo permitieron.
América es el Continente de la libertad que decían los próceres de nuestras patrias. Ya lo habían concebido así los propios Reyes Católicos y el Código de las Leyes de Indias, para sopresa de los actuales estudiosos de los Derechos Humanos. Pero estas ansias de emancipación, como han apreciado no pocos historiadores, dieron lugar a un parto prematuro de la América hispana independiente, cuyas naciones se llevaron casi el siglo, y algunas mucho más, para volver a reencontrarse con su identidad y poder llamarse soberanas.
Nadie discute que fueron muchos los factores propicios para las guerras por la Independencia: el impulso liberal de la reciente Revolución Francesa, la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, la invasión por Napoleón de la Península con el ridículo gobierno del Rey José y la acefalia de la Corona, tuvieron para los hombres de América el mismo efecto que si un cataclismo hubiese hundido a España en el mar y hubiera que salvar sus posesiones americanas.
Pero de todo ello quedó sólo un hecho cierto: la absoluta pérdida de rumbos que esta independencia significó para los beneficiados con ella; la quiebra en Estados fragmentados como en Centroamérica; las guerras como aquella tan sangrienta en que Argentina, Brasil y Uruguay unidos no fueron capaces de aniquilar a Paraguay; Inglaterra sienta sus reales en las Islas Malvinas; México pierde parte importante de su territorio y sus nacionales siguen peleando entre sí.
Esa era, sin embargo, fuera de apreciaciones y conjeturas subjetivas, la realidad de la situación continental: un gigantesco territorio delimitado por dos polos y por dos océanos y ocupado, del Río Bravo hacia el Sur, por un cúmulo de débiles países hispanoamericanos que aún no se sacudían el romanticismo trasnochado ni tenían idea de lo que representaban en el ámbito universal; y hacia el Norte, por otro cúmulo de antiguos residentes y millones de inmigrantes europeos que ya tenían conciencia de estar participando en el establecimiento de la "potencia" que habría de dominar la producción y los mercados del mundo.
Las diferencias no podían ser más abismales. Sin embargo, a partir de las Conferencias Panamericanas de Santiago de Chile en 1923 y de La Habana en 1928, el sistema interamericano empieza, en forma rotunda, a tener conciencia de que es menester realizar una labor conjunta entre los dos bloques y de que es posible realizarlo. La búsqueda de esta conciencia se acentúa en Buenos Aires en 1936, al sancionarse el principio jurídico de solidaridad, en virtud del cual lo hecho a cualquier país americano afectaría al resto de estos países. Y ya en 1948, en la Conferencia de Bogotá, se instituye la Organización de Estados Americanos como cuerpo jurídico político para regular las relaciones intercontinentales.
De vuelta a nuestra reflexión original, en busca de nuestra identidad latinoamericana y de su relación con el mundo anglosajón, en cuyo interior actúan en forma sobresaliente la Asociación de Periódicos Hispanos de los Estados Unidos y la Cámara Hispana de Comercio de Estados Unidos, es preciso despojarnos de prejuicios y abandonar de una vez por todas la idea de que el Panamericanismo es forzosamente la sombra de los Estados Unidos de Norteamérica proyectada hacia Hispanoamérica. Más valedero resulta creer, por encima de evidencias históricas que siguen sustentando posiciones antagónicas, que la idea panamericana obedece a una necesidad del presente y a una visión rigurosa del futuro. Es menester dar por descontado, que América, América en toda su totalidad, tiene problemas comunes cuya solución debe darse en común porque afecta a todos los que aquí habitamos. Eso fortalece la soberanía de cada nación. No hay que cerrar los ojos a esta certeza.
Los filósofos de la historia Herder y Díez del Corral, expertos en el ir y venir de los pueblos, de sus culturas y de sus influencias, sustentan la tesis de que "la historia es geografía en movimiento" y según este punto de vista no nos cuesta mucho trabajo imaginar a España dentro del mapa europeo como la proa de un galeón a punto de levar anclas hacia el Atlántico, rumbo a América, como históricamente ocurrió con el episodio de las tres Carabelas cuya epopeya recordamos.
Y sobre esta misma ruta de que "la historia es geografía en movimiento", cinco siglos después, nosotros mismos formamos parte del ímpetu hispanoamericano por lanzarse al exterior, por proyectar su ser y su pensamiento, por hacer valer su cultura en diálogo y aún en polémica con culturas diferentes. Y somos así, simple y sencillamente porque somos hispanos, porque no podemos negar nuestra identidad, porque somos una extensión mínima, pero auténtica, de la vocación universal de España. El espíritu de la auténtica España llegó con Colón y con emigraciones sucesivas hasta principios de este siglo, y es acá en América y no en Europa, donde se sigue conformando. Y al decir acá, hablo también de los Estados Unidos de Norteamérica, en cuya independencia, según algunos historiadores, tuvo que ver un "pacto de familia" entre borbones, franceses y españoles por entonces reinantes, además de que muchos de los pioneros de este país se lanzaron a la conquista del Sur y del Oeste por los senderos que habían trazado los misioneros.
A cosas como esas se refería el presidente Bush en su proclama del pasado 14 de septiembre, al celebrarse el mes de la Herencia Hispánica, cuando dijo: "Hombres y mujeres de ascendencia española y latinoamericana han hecho grandes aportaciones al desarrollo de nuestro país... Estas personas moldearon el carácter de todo el Sudoeste norteamericano aplicando su fortaleza y talentos... aunque la influencia de los norteamericanos de ascendencia hispánica no se ha limitado al Sudoeste". "Nutridos por su rico legado étnico e inspirados por su fe en los principios en los que se fundó este país, los norteamericanos de ascendencia hispánica han continuado dejando su huella en todo el país y en prácticamente todos los aspectos de la vida norteamericana... Los hispanos han enriquecido nuestra nación sobremanera con la callada fortaleza de sus familias muy unidas y el orgullo de sus comunidades. Muchos han venido a Estados Unidos en busca de la libertad y de la oportunidad que les niegan los regímenes marxistas-leninistas en su patria ancestral... Emprendedores y decididos no sólo han cosechado los beneficios de la libertad, sino que comparten con sus hijos un entendimiento profundo de los derechos y responsabilidades que tenemos como ciudadanos de una nación libre. Su fe en la promesa norteamericana se ve sobrepasada sólo por su fe en Dios".
Así se expresó el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica y esas solas frases, sobresalientes entre otras similares, abren de par en par la puerta a la solidaridad interamericana que anhelamos todos, pleno de libertad, pleno de oportunidades, torrente al que confluyan todas las aportaciones de civilización y cultura que se dan en todos los Pueblos de América desde los esquimales hasta los araucanos, y de manera prominente una concepción teocéntrica del mundo y de la vida, como aquella que en 1492 nos descubrió para la Humanidad.
Si el encuentro de dos mundos tan opuestos como el que ocurrió hace 500 años fue tan prolífico y fecundo que hizo posible todo lo que hoy se llama americano ¿por qué no habrá de serlo también por los cauces de la libertad y respeto mutuos, un encuentro esencial y existencial entre hispanos y norteamericanos de cualquier origen, que se produzca y se integre en el siguiente milenio? Aunque ustedes, periodistas que escriben en español en medio del mundo anglosajón como punta de lanza de ese futuro y que son, en consecuencia, los más autorizados para opinar sobre esta cuestión, quiero fijar mi posición personal personal según mi nacionalidad propia: los de origen y nacionalidad mexicana, y yo soy uno de ellos, tenemos el orgullo de nuestra herencia racial y cultural hispánica y con mucha honra lo llevamos; pero por nuestra revolución histórica y genética hemos asimilado partes muy importantes de nuestras culturas aborígenes, cuyos dos focos principales se encontraban a la fecha del descubrimiento en las altiplanicies de México y del Perú. Con esa mezcla cultural y racial se produjo un ente nuevo: la mexicanidad espiritual, política y ciudadana de la cual los mexicanos como yo nos sentimos muy orgullosos y muy fieles a esa entidad.
Mas antes de terminar haciendo un somero balance de los siguientes años de hispanidad en América, debemos retrotraernos a los más remotos orígenes de la cultura hispana.
ANTECEDENTES REMOTOS DE LA CULTURA HISPANA:
QUINIENTOS AÑOS DE HISPANIDAD EN EL CONTINENTE AMERICANO:
La Iglesia de entonces trajo la escuela, la doctrina y el concepto del trabajo. Junto con los frailes llegó el alfabeto, la imprenta y el papel. El papel llega junto con el convento, la universidad y la música. Arpa y guitarra adquieren carta de ciudadanía en múltiples formas: guitarrón, viola, requinto, timple, charango.
Un arte nuevo se abre paso en el lento período del mestizaje cultural, que mostró el talento del americano y su apreciación estética por la armonía de las formas, como el plateresco y el churrigueresco, en la música y en el canto.
Cada nave que llegaba del viejo mundo era un arca de Noé; los hombres trajeron perros; gatos, las mujeres; las comunicaciones sufrieron una revolución con la llegada del caballo, el buey, la rueda y la carreta, desconocidas hasta entonces en América. La vaca, los burros y las mulas agregan su cuota a la economía y a la alimentación, al tiempo que al transporte, reemplazando al hombre en esa tarea. Con el buey el arado, con el arado la agricultura, transformando toda la base económica. La nave era desconocida, sólo se había llegado hasta la canoa, primera palabra que los españoles aprenden.
América se convierte en reservorio universal. La caña de azúcar de la India, los plátanos de Guinea, el arroz de China y Japón, el coco de las Filipinas, son introducidas al Nuevo Mundo por España, universalizándolo. Frutas, cereales, plantas, hierbas y flores llegan de España. "La biografía de las flores españolas en América se aproxima a lo milagroso", ha sido escrito.
¿Quién no recuerda a Santa Rosa de Lima?
¿Quién no recuerda que fueron rosas de castilla las pruebas de la milagrosa aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego?
¿Nostalgia de España o hispanismo unilateral? Nada de eso se encuentra en nuestro pensamiento. Este recuento tiene por motivo repensar lo que significa una herencia de la que
podemos legítimamente estar orgullosos, sin complejos de culpa ni exageraciones.
Cuando el Mayflower desembarcó los primeros peregrinos en 1620 ya existían universidades, conventos y catedrales en la América hispana, había imprentas, y estaba escrita la biblioteca básica de América, donde se había plasmado una doctrina de libertad y dignidad humana, válida hasta nuestros días. Tal resumen nos hace el también magnífico escritor y literato Germán Arciniegas.
En esas escuelas de pensamiento se nutre el proceso de emancipación que fue un punto de maduración y era sólo el deslinde natural entre dos sociedades diferenciadas "por las circunstancias de su formación".
El genio latinoamericano del sacrificio, empuje, empresa y visión para iniciar empresas, aceptando el desafío de correr riesgos, es herencia legítima de nuestros antepasados espafioles, quienes fundaron ciudades y villas, iniciaron empresas agrícolas y ganaderas, cimentaron industrias mineras y de todo tipo, como el cuero y el tejido, el vino y el aceite.
En su lucha contra el medio recorrieron los hispanos miles de kilómetros, sobreponiéndose a todos los contratiempos y obstáculos que la naturaleza, los elementos y los hombres les ponían a su paso. Nunca se dieron por vencidos.
Cuando el hombre caía estaba presente su mujer para continuar la empresa hasta conducirla a la victoria, como Isabel Barreto esposa de Álvaro de Mendaña, quien muere en el viaje desde Colima a Manila en el siglo XVI, después de haber introducido las primeras plantas de coco filipino por el Puerto de la Barra de la Navidad.
Mujeres valientes con visión de empresa corrieron riesgos junto con sus maridos, a quienes apoyaron en todas sus vicisitudes y amarguras, y en las horas de alegría y triunfo.
El espíritu de empresa hispano es patente hoy en los Estados Unidos de Norteamérica, que contiene una minoría pujante y laboriosa, valiente y leal, como lo es la minoría hispana.
Después de este resumen de la herencia y obra de la hispanidad a lo largo y a lo ancho del Continente Americano, y después de dejar constancia de cómo y quién construyó elgrandioso edificio de Latinoamérica o de Hispanoamérica, o de Iberoamérica, como quiera llamársele a esta nación de naciones,debo referirme a una particular circunstancia histórica y demográfica. En los Estados Unidos de América (Norteamérica) se ha formado una gran potencia nacida de las colonias emancipadas de Inglaterra. Tal potencia es fruto de un gigantesco fenómeno tecnológico forjado y programado en sus universidades y realizado por ese inmensamente rico caudal migratorio venido de los más importantes pueblos y naciones europeas y del mundo entero. En ella, en Norteamérica, se ha podido lograr el más alto estandar de vida que pueblo alguno de la tierra haya alcanzado en todos los tiempos de la historia humana para una inmensa mayoría de sus pobladores. A ello han conllevado y concurrido los principios constitucionales y políticos de las bases de su sociedad, que han permitido el establecimiento del principio que es el verdadero motor del progreso y desarrollo humano: lo constituye el establecimiento del sistema de la libre empresa que permite al hombre ser remunerado plenamente por su trabajo, por su empeño y por su sacrificio personal, desatándose así todo el potencial energético de todos los participantes de una empresa.
Pues bien, al llamado del sueño americano, que da oportunidades a todos los que quierarn acogerse a él, han acudido legiones de hombres hispanos. Hoy esa minoría alcanza la cifra de veinte millones de hispanos-norteamericanos y el 65% aproximadamente de ellos es de méxico-americanos. Es decir, existe una minoría de alrededor de 13 millones de personas de origen mexicano asimiladas a Norteamérica. Cifra que quizá vaya a aumentar mucho en poco tiempo.
Todos ellos han venido a este país armados de sus virtudes tradicionales: la lealtad y el coraje. Lo han demostrado plenamente cuando han tenido la oportunidad de defender ese suefio americano.
Todos los hispanos, y los mexicanos en particular, por todo ello tienen derechos claros a ser bien recibidos y bien tratados en los Estados Unidos de Norteamérica. De muchas maneras han contribuido a la grandeza de esta nación. Hoy están siendo tratados y comprendidos mejor que antes. Ciertamente de su educación, preparación y cultura personal, va a depender el lugar final que ocupen en este gran país, pero hace falta que ellos sean ayudados para muchas cosas, entre ellas, la educación y la capacitación.
Ellos, por sus virtudes familiares y morales también ayudarán, sin duda, a resolver el problema futuro de este país:
su necesaria renovación moral y humanística, para que se retarde o se evite, definitivamente, la declinación de esta gran potencia.
Ellos pueden ser el puente valioso para que se conozca mejor a la hispanidad y a las veintiún naciones Iberoamericanas existentes que dentro de un sano, justo y respetuoso panamericanismo, debieran hacer honor, todos juntos, a los antecedentes epopéyicos del Descubrimiento y de la creación de un nuevo mundo fincado en América, el Continente de la Esperanza.
(ANTONIO LEAÑO ÁLVAREZ DEL CASTILLO, 1990)
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[Significado del Quinto Centenario del Descubrimiento de América y presencia de la Hispanidad en el continente americano].
Si hay en la Historia de la Humanidad un acontecimiento digno de ser festejado solemnemente, después del Nacimiento de Jesucristo, ese es la llegada de Cristóbal Colón a América, que equivale a una segunda creación del Mundo ya que marca el principio de la Edad Moderna, época que reencauza el devenir del pensamiento humano y da vida al florecimiento de las ciencias y las artes, imponiendo una revolución completa en las relaciones humanas existentes hasta entonces.
De ese descubrimiento y de esa revolución proviene el Hombre Americano de hoy; por lo que tuvo de fecundo el encuentro de la España de las Tres Carabelas con las razas aborígenes, por la simbiosis de sus culturas que fue tan intensa como la de la sangre; por la avidez con que los hombres de la península quisieron crear en las tierras recién descubiertas el mundo mejor a que aspiraban y por su gran anhelo, en fin, de vivir y construir su futuro con libertad de cuerpo y de espíritu frente a cualquier forma de imposición o despotismo.
y después de 500 años, aunque aún no se logra determinar en forma irrefutable dónde está exactamente Guanahaní, ni dónde están sepultados los restos de Cristóbal Colón, resulta imperativo, sí, que los hijos del descubrimiento sepamos quiénes somos y qué es lo que hacemos o pretendemos hacer con el continente que Dios nos entregó.
Lo anterior me lleva a desear conversar hoy sobre la trayectoria histórica de la hispanidad que primero tuvo sus encuentros con las civilizaciones aborígenes al tiempo del descubrimiento, conquista y evangelización de América, y que al final del siglo XX se viene volcando sobre la América del Norte y se expande por otros continentes y sobre esa nueva fórmula de nuevo y final encuentro entre dos grandes comunidades americanas, la hispana y la anglosajona, a la que se llama, justamente, Panamericanismo, y que se encuentra tanto en la vivencia diaria de ustedes, periodistas hispanos dentro de los Estados Unidos de Norteamérica, como se encuentra en toda la minoría hispana, y con ella, la vivencia cotidiana se da también en otra institución hispana ilustrada: La Cámara de Comercio Hispana de los Estados Unidos.
Resulta necesario remontarse a los antecedentes más lejanos de la cultura y civilización hispana si queremos después comentar la gesta más importante quizá de su gloriosa historia: o sea, el Descubrimiento del Nuevo Mundo que ahora, a su quinto centenario, se le quiere conmemorar como el Encuentro ge dos civilizaciones. Ello no debe servir para polémicas estériles ya que tan verdadero es que se descubrió un mundo nuevo como que se realizó el encuentro de dos culturas: la aborigen o precolombina y la europea e hispánica.
Tan inmenso acontecimiento, el descubrimiento de un mundo ignorado y/o el encuentro de las dos culturas, marca un hito en la historia universal y por las circunstancias de su realización y de los resultados grandiosos que se produjeron, lo menos que puede concluirse es que nació América, el Continente de la Libertad, la dignidad y la esperanza, aparte de que ocurrió una renovación de conceptos geográficos, políticos y morales que no fueron previstos, ni siquiera soñados por los descubridores o por los afortunados Reyes Españoles que los patrocinaron, alentaron y financiaron.
Al desaparecer el Imperio Romano como tal, dio nacimiento y origen a las grandes naciones europeas que tuvieron así, y España especialmente entre ellas, su origen cultural en la Grecia antigua y en la civilización greco-romana que le sucedió. Debemos tener presente que con los filósofos griegos, especialmente Aristóteles, Sócrates y Platón se llegaron a las más excelsas expresiones del intelecto humano y de la sabiduría. Asimismo florecieron allá, en el mundo, helénico, eximios poetas, literatos, artistas y oradores que aún hoy iluminan con sus textos clásicos los ateneos y academias del mundo. Los griegos antiguos no fueron sólo una entidad intelectual grandiosa que todos reconocemos, sino que también contaron con provincias enteras de guerreros notables, el más grande de los cuales, Alejandro Magno, aún hoy figura entre los líderes de la guerra de todos los tiempos. Formaron así un Imperio que creció como todos, llegó al cenit, a la máxima expresión, y luego le sobrevino la declinación y el eclipsamiento político y militar. Mas sin embargo, su cultura fue transmitida y cultivada por los nuevos forjadores del Imperio Romano, que se impuso férreamente en todo lo conocido del estrecho mundo occidental. Se forjó la cultura grecoromana con aportaciones múltiples y valiosas de éstos últimos, los Romanos, especialmente en la ciencia del Derecho.
Poco después, el pensamiento y la civilización grecoromana, fueron iluminados con las brillantes luces de la revelación cristiana, siendo los instrumentos de la nueva luz sobrenatural doce hombrecillos pobres y humildes como su Maestro, pero que fueron asombrosamente eficaces con su predicación, y en muchos casos con su martirio, trazando una nueva senda para todos los pueblos de entonces y de los nuevos tiempos.
Coincidiendo con la extensión del cristianismo, el Imperio Romano se destruyó a sí mismo con su molicie y degeneración de costumbres, pero al morir da impulso al parto portentoso de las naciones europeas, entre ellas a España.
Las naciones prohijadas por el Imperio Romano nacieron atomizadas en pequeños reinos y señoríos feudales, los que posteriormente lograron unificarse y florecer como las grandes naciones que hoy son.
La unidad de España se realizó mediante largas luchas y vicisitudes. Los realizadores de la unidad española fueron los Reyes de Aragón y de Castilla, Fernando e Isabel, llamados por sus contemporáneos y por la historia: los Reyes Católicos, mismos que crearon la base unificadora española mediante su unión matrimonial y después con gestiones diplomáticas y acciones guerreras que ambos, juntos y separados, emprendieron hasta lograr no sólo la unidad nacional sino el anhelo supremo de derrotar a los invasores moros que dominaron partes importantes de España por casi 800 años.
y luego de arrojar al moro fuera de la Península Ibérica coronaron los Reyes Católicos su brillante reinado, apoyando y enviando allende los mares la expedición del descubrimiento del Nuevo Mundo.
Esos Reyes y sus descendientes inmediatos no sólo fueron protagonistas del episodio formidable del Descubrimiento y reencuentro de culturas, sino que protagonizaron la conquista y evangelización de un inmenso mundo, bajo nuevos y armoniosos aires y normas morales precursoras del derecho de gentes y de los al fin definidos derechos humanos.
La España unificadora tuvo un desarrollo inusitado en las letras y en las artes, en la filosofía, en la literatura y en la teología. No es materia de este trabajo sino enumerar somera~ente el inmenso bagaje intelectual y cultural de España que tuvo su climax de realización en el llamado Siglo de Oro, el sigo XVI que se manifestó principalmente en la gesta de la colonización y construcción del mundo hispanoamericano.
Es así como llegamos al quinto centenario del descubrimiento de América y encuentro de culturas. La cita del quinto centenario provoca destacar, por un lado, el significado de tan magna fecha, y por otro, porque nobleza obliga, reconsiderar el generoso legado de España al Nuevo Mundo, presente en la actualidad primaveral de la hispanidad.
El "Cumplesiglos" continental es un evento singular, mucho más significativo que el solo acontecimiento de novedad geográfica, pues generó el cambio de las bases de la vida universal.
El Doce de Octubre, como evento científico-empírico comprueba la redondez del planeta, evento único en la historia, pues, por vez primera, los hombres toman conciencia de la universalidad -la unidad de la diversidad- del mundo que habitan. El descubrimiento del Atlántico primero y del Océano más extenso del mundo, el Pacífico, después completan y ensanchan una imagen nunca antes experimentada.
Como acontecimiento histórico se inicia una nueva era que podría denominarse "Era Americana", pues en dicha fecha nace un Nuevo Mundo, el único del cual se sabe a ciencia cierta su fecha de alumbramiento. Mas que descubrir se dio a luz un continente de esperanza.
Como fenómeno migratorio, el nacimiento de América representa la aventura común y singular de millones de europeos, que siguieron la senda de los españoles, quienes vinieron a fundar su casa propia, llegaron a esta tierra de oportunidades y dimensiones oceánicas desconocidas en su continente que se hizo viejo, al paso que sus jóvenes se encaminaron al continente de la libertad y la esperanza.
Como fenómeno natural, el encuentro de dos culturas permitió entroncar al Nuevo Mundo en la trayectoria de las culturas universales -Grecia y Roma-, a través de la España del alumbramiento, con la mejor herencia de las culturas clásicas, esto es, las que por su valor intrínseco ameritan imitarse. De Grecia se hereda la búsqueda de la verdad a través del razonamiento fundamental de la filosofía y de la Roma Imperial la búsqueda de la Justicia a través del Derecho.
La suma de todas estas facetas del mismo evento histórico no es suficiente para explicar la magnitud del acontecimiento, pues le falta la causa eficiente capaz de explicar lo que es aparentemente inexplicable, lo que por su singularidad encuentra su clave en el misterio recóndito del alma.
El Doce de Octubre se inicia un milagro de amor y de universalidad. Es la nota del amor la clave para descifrar el giro copernicano que sufre el mundo a partir de entonces.
El milagro del amor, de las charitas, explica la inexplicable generosidad del mestizaje racial -en lugar del exterminio genocida-, la síntesis cultural, la donación irrestricta de la ciencia y la técnica de esa época.
Sobre todo, la clave del amor explica la formidable obra misionera que conduce a entregarle a los indios, hasta el más escondido villorio de la serranía, la religión del amor, de la redención eterna que promete el hijo de Dios que murió en la cruz por todos, sin distinción de raza y que en la misma muere una y otra vez para que los hombres se salven.
Es el milagro del amor el que explica que el hombre americano nazca libre. Los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, rompen con la tradición de esclavizar a las naciones conquistadas, mandan que "los indios" que se trajeron de las islas (del Caribe) y se vendieron por el mandato del Almirante (Colón) se pongan en libertad y se restituyan a sus países de su naturaleza..;' Leyes de Indias y otras tantas cédulas y ordenamientos reales, formándose así un cuerpo jurídico extraordinario, único en su tiempo, que protegió a los aborígenes en las colonias y tierras conquistadas, les fueron atendidos no sólo por preceptos legales sino por instituciones que velaran por su integridad física y moral, por justicia en su trabajo y en su trato. La historia de esa legislación registra intensa lucha por su cumplimiento, máxime si esa legislación recorre con idéntico sentido varios períodos políticos y sucesivas monarquías. Hubo, por supuesto, resistencias y desacatos a esa legislación, pero por muchos que fueran no destruyen su sentido humano ni el antecedente de lo que ella representa en la actual definición de los Derechos Humanos, que aunque también violados muchas veces ahí están en las legislaciones constitucionales de la época actual para honra de la especie humana.
Con este rechazo de la explotación del hombre por el hombre oponen al cinismo amoral de la política, entendido al estilo del príncipe florentino Nicolás Maquiavelo, la fuerza serena y enérgica del amor de la doctrina cristiana.
La noción española de la libertad y de la dignidad tiene su raíz en el cristianismo. Germán Arciniegas, el poeta de la historia, escribe: "puede decirse que más notable que el descubrimiento de América es el descubrimiento de que el americano es un hombre libre, o destinado a serlo. Con esto renace la consideración perdida de la dignidad humana". En este pensamiento español -de libertad y dignidad humana- está la imiente de la independencia americana, de la república y de la democracia.
Saber agradecer es un rasgo de nobleza de alma. Escatimarle a aquella España del siglo XVI la generosa entrega para con América sería propio de espíritus mezquinos. Repetir las fábulas de la leyenda negra es permanecer en las penumbras de la mentira.
En efecto, América Hispana ha recibido de España lo que le da su identidad, su razón de existir, esto es, origen y destino en la historia. Una breve enumeración del generoso bagaje recibido de la Madre Patria es esencial para comprender las razones del agradecimiento.
La lengua es raíz de nuestro ordenamiento espiritual -dice Ramón de Zubiría, otro eximio colombiano también poeta de la historia- es portadora de valores, vehículo de la transmisión de conocimientos. Sirvió la lengua para dar unidad cultural al archipiélago incomunicado de los mundos precolombinos, separados por docenas de dialectos sin fácil comunicación. Es nuestra lengua, el español, un idioma "vigoroso y rico, creador y poético, heroico, místico, teatral, jurídico y universaL:' La fuerza del lenguaje llevó al emperador español a reclamar al rey francés: "hable español que es la lengua de Dios..:'
La redentora claridad del mensaje evangélico, dice el gran Colombiano Universal, es clave de nuestro destino y ordenamiento social y centrado en el amor; la recibimos de España de manera tan generosa que no encuentra parangón en toda la historia de la humanidad. Trajeron esa religión nueva que venía a comunicar a los incomunicados, a ligar a lo desatado.
La llegada del Cristianismo significó un cambio total en la vida. Misa, campanarios, las fiestas, las oraciones, el Dios crucificado, su Madre la Virgen María, la constitución de la familia, el nuevo código moral, todo explicado por el celo del espíritu misionero que explica los milagros de la conversión.
Se introduce también una nueva concepción del tiempo.
El reloj mide cada segundo en función de la eternidad. La semana se divide en siete días y el domingo como día no de reposo sino de fiesta, de mercado y plaza, de vida social y reunión de toda la familia.
