Las Arquitecturas del deseo: Inicio:
Los libros tienen su destino. Este antiguo adagio se cumple en mi caso palabra por palabra, como muy bien sabe Jorge Herralde, que nunca sabe de qué va a tratar mi anual entrega hasta que la tiene en sus manos. No es que me niegue a decírselo, es que tampoco yo lo sé hasta el último minuto. Escribir es mi modo de investigar, y esto hace que el texto sufra las mismas sorpresas, atascos, derrapes, cambios de vías o descarrilamientos que padece la investigación con la que se identifica. Ya saben que me considero un investigador privado, y los detectives nunca sabemos lo que nos deparará cada nuevo caso. Los rastros nos conducen a lugares insospechados y sólo al final sabemos quién es el asesino. Dicho de manera más académica: soy un científico que quiere hacer ciencia sin ideas predeterminadas y sin engolamiento, dejando claro lo pasmosamente divertido y azaroso que me resulta el oficio.
Comencé este libro con la idea de estudiar la «ideología del deseo», como clave para entender la cultura actual, que es una cultura de la avidez y de la insatisfacción. (Como habrán visto, abro un paréntesis. Por estar en el pórtico del caso, me permitiré una broma.
Autores franceses:
Tal vez tendría que hablar de «la culture du désir», porque esto del deseo es muy francés. Han sido los intelectuales franceses —país de la revolución y del lujo, y no uno ambas cosas ni a humo de pajas, ni a humo de inquisición— los que inventaron una «filosofía del deseo». El demoníaco Rimbaud, tan francés, sabía que «el terror no es francés» [Una temporada en el infierno], pero el apetito, sí. En cierta ocasión, Larra escribió: «Un amigo mío ha venido de París con la noticia de que Dios no existe, cosa que allí saben de muy buena tinta.» Pues bien, lo del deseo lo saben también de muy buena tinta, tal vez porque su talento para el análisis psicológico procede de su tradición de brillantes moralistas, y éstos siempre han estado muy interesados en las concupiscencias. Proust, Julian Green, Gide, Françoise Sagan contaron las rebeldías y torturas del deseo. Bataille se internó en las arenas movedizas del erotismo. Maine de Biran, Bergson y Blondel hicieron una metafísica del impulso, una dialéctica del deseo, una ontología del élan. Sartre ha descrito las formas viscosas de la voluptuosidad con una precisión aterradora y Merleau-Ponty estudió convincentemente la sexualidad como modo de ser en el mundo. Deleuze, Guattari, Baudrillard, Lyotard son los creadores de esa «filosofía del deseo» que he mencionado. Foucault quiso hacer historiar la construcción del «sujeto deseante». Gilles Lipovetsky es estupendo describiendo la cultura del vacío que el lujo —un afán de distinción y consumo— ayuda a llenar. Y Michel Onfray ha popularizado una reivindicación filosófica del placer.Los franceses tienen además un talento peculiar: son «creadores de tendencias». Que un pensador presuntuosamente confuso como Derrida tenga éxito en Estados Unidos no puedo explicármelo sino relacionándolo con el prestigio de Chanel n.° 5, Dior, Moët Chandon y el «made in France». Prometo no hacer ninguna broma más, y cierro el paréntesis.)
Siempre se han experimentado deseos y, posiblemente, en épocas pasadas se manifestaron de manera más feroz y menos controlada que ahora. Al menos eso dice Norbert Elias, que es un historiador del que me fío. Pero las sociedades sintieron un permanente recelo ante la proliferación de ansias, codicias y concupiscencias, porque consideraban que eran un peligro para la cohesión social. El deseo es, además, la antesala del placer, que también era mirado con inquina y desconfianza. Ahora, en cambio, y eso es lo novedoso, el deseo está bien considerado, y hemos organizado una forma de vida montada sobre su excitación continuada y un hedonismo asumible. No vivimos en la orgía, sino en el catálogo publicitario de la orgía, es decir, en la apetencia programada. La publicidad ya no da a conocer los atractivos de un producto. Su función es producir sujetos deseantes. «Seduce con una promesa de satisfacción —escribe Ramonet—. Fabrica deseos y presenta un mundo en perpetuas vacaciones, distendido, sonriente y despreocupado, poblado con personajes felices y que por fin poseen el producto milagro que nos hará bellos, libres, sanos, deseados, modernos.»
Mi propósito era estudiar esta novedad, este cambio de régimen libidinal, la aceptación pública del deseo, el desmantelamiento de todas las defensas construidas durante siglos para protegerse de su violencia, la desaparición del miedo social al placer, la liberación de toda suerte de represiones, la triunfante utopía de las mil pequeñas gulas suscitadas y satisfechas, el centro comercial como metáfora practicable y definitiva del paraíso, al que no se llega a través de la ascesis, sino mediante la gozosa caída en la tentación, palabra, por cierto, que se ha prestigiado mucho, porque tiene un poco de «morbo», una palabra también curiosa.
El libro debía ser, más que un estudio de sociología, un caso práctico de psicoanálisis social a mi manera, como el que ya intenté en mis estudios sobre el ingenio y sobre la voluntad. Estas investigaciones no son caprichosas, sino que vienen impuestas por la tozudez de la realidad. Ante el observador social aparecen comportamientos realizados por sujetos concretos y sedicentemente libres, que parecen bailar unánimes al son de una música común que no se escucha; se trata de fenómenos aislados y lejanos, unidos, sin embargo, por galerías subterráneas, de la misma manera que los islotes que aparecen frente a la costa son las crestas visibles de cordilleras sumergidas. Dicho en plata, por debajo de la dermis social que todos vemos hay «sistemas invisibles», ideologías ocultas, que son la razón de ser de fenómenos dispersos que sin esa referencia resultan inexplicables. Por su eficacia en la sombra despiertan la sospecha de que se trate de conspiraciones, pero no puede haber una confabulación inconsciente y estos sistemas lo son. Pues bien, ¿qué podría ser más atractivo para un husmeador profesional que internarse por estos laberintos, y hacer espeleología cultural? Este primer capítulo es un resumen de lo que iba a ser mi investigación, y una explicación de por qué cambié de caballo en mitad de la carrera.
2:
Comenzaré explicándoles con más detenimiento a qué llamo «ideología» o «sistema social invisible». Todos estamos, en mayor o menor medida, influidos por las modas, que ejercen una tiranía democrática, en el sentido de que somos las víctimas las que damos poder al tirano. ¿Por qué apareció y triunfó la minifalda en un preciso momento histórico? ¿Por qué ha tenido ese descomunal éxito Harry Potter? ¿Y el inesperado éxito de los móviles? Porque por debajo de ellas, enlazando con nuestro sistema de expectativas y deseos —tal vez ocultos para nosotros mismos—, opera un sistema social invisible que, a su aire, conecta conceptos, emociones, valores, creencias, formando así una estructura que origina y da sentido a preferencias, sensibilidades, comportamientos que, en superficie, resultan inconexos. Ya saben que la única marca que se lanzó al mercado precisamente para las personas que presumían de ser independientes fue Marlboro con su imagen del vaquero solitario. Y los que presumían de invulnerables ante la publicidad cayeron en la trampa como pajaritos. Mi hipótesis de viejo detective es que nuestra aceptación social del deseo, su glorificación, el éxito que lo engrandece, es, a pesar de su superficial evidencia, el efecto consciente de una ideología desconocida. Esta noción —sistema social invisible, ideología desconocida— me parece imprescindible para comprender lo que ocurre y encontrar una lógica de lo imprevisto. Les pondré un ejemplo. Por muy buenas razones, la cultura occidental ha evolucionado hacia una afirmación rotunda del individuo. Los derechos humanos son individuales, y alguno de ellos —concretamente el de libertad de conciencia— instaura la conciencia individual como último tribunal de nuestro comportamiento. La autonomía personal es el gran valor a defender. Pero las morales son heterónomas, son fruto del pensamiento social. La racionalidad individual puede justificar convincentemente el egoísmo. Hume lo dijo con una sincera desfachatez: «Puede resultar racional preferir la destrucción del universo a sufrir un rasguño en la mano.» Nos encontramos con que la moral —al defender la autonomía del individuo— ha debilitado, en nombre de la moral, los lazos que unían a la persona con la norma moral, es decir, la ha anulado en la práctica. Ha dado a luz un vástago parricida. Eran fáciles de prever los desajustes y problemas que este «sistema invisible» iba a producir, y que Ulrich Beck ha estudiado parcialmente en sus libros sobre la «individualización». La moral da a luz la libertad de conciencia que acaba desahuciando la moral. O mejor la pone en un estado líquido, la liquida, por utilizar la expresión de Bauman.
Procesos mentales:
Describir nunca es bastante. Sería inútil una medicina que se limitara a narrar minuciosamente los síntomas de una enfermedad. Por eso, como detective tengo que enfrentarme a un misterio: ¿cómo se construyen esas tramas inconscientes? En mis libros atribuyo esa tarea a una «inteligencia computacional» que funciona por debajo del nivel de conciencia, y últimamente la neurología me está dando la razón, porque cada día se interesa más en la llamada «inteligencia no consciente». Es obvio que lo que pensamos y sentimos en el ámbito personal es el resultado de operaciones ignoradas por quien las está realizando. Soy el lugar de aparición de ocurrencias que sé que son mías, pero a las que asisto como espectador. De repente, como un pollito que rompiera el cascarón, aparece en mi conciencia un deseo. La imagen no es mía. Es de Dostoievski, que la emplea para describir la aparición en la conciencia del desdichado Raskolnikov de una ocurrencia terrible, la de asesinar a una pobre vieja.
Éste es el gran escándalo o el gran enigma de la naturaleza humana: somos protagonistas de una historia que hemos escrito nosotros mismos sin saberlo. Todo sucede neuronalmente ochocientos milisegundos antes de que nos demos cuenta de que está sucediendo. Lo demostró Libet respecto del movimiento, Damasio respecto de los sentimientos y Kandel acaba de recordarlo. Vamos siempre un poquito retrasados respecto de nosotros mismos. Escribo conscientemente este libro sobre el deseo, pero no puedo explicar por qué se despertó en mí el deseo de escribir un libro sobre el deseo. A partir de ese momento inexplicable puedo explicar mi elaboración del proyecto, pero no antes. Paul Valéry consideraba que el misterio de la creación poética radicaba en la aparición del primer verso. ¿Cómo demonios se le ocurría al poeta esa ocurrencia tan divina? El resto consistía en buscarle buena compañía a ese protagonista inicial. Pero, si soy sincero, ni siquiera puedo explicar cómo se me está ocurriendo la frase que escribo en este momento. No sé lo que quiero decir hasta que lo he dicho. No sé lo que sé sobre una cosa hasta que no lo he expresado, es decir, exprimido de la memoria. Pues bien, en el ámbito social sucede algo semejante. El presente, sus modas y vigencias, las movilizaciones sociales, las preferencias y desdenes de una cultura, están también influidos por un entramado inconsciente, cuya génesis y estructura me interesa averiguar. Tenemos, por lo tanto, que admitir un inconsciente personal y un inconsciente social muy hábiles en captar relaciones, parecidos, patrones, metáforas, en realizar extrapolaciones, transferir deseos, segregar expectativas y tramar sistemas en los que resultamos apresados sin saberlo y a los que, además, prestamos una inocente colaboración que los refuerzan.
El sistema del deseo constituye un ejemplo de esos dispositivos subterráneos. Antes de describirlo, y para focalizar su atención, les formularé una adivinanza: ¿qué tienen en común la sociedad de consumo, el auge de la violencia, el aumento de la obesidad, las epidemias de la ansiedad, la fragilidad de las relaciones afectivas, la creciente manifestación de comportamientos impulsivos, los centros comerciales y los parques temáticos, las campañas de fidelización de las empresas, el aumento de las adicciones, el prestigio de la moda y la falta de atención de los alumnos en la escuela? Aparentemente, nada. Y, sin embargo, creo que todos estos fenómenos son manifestaciones visibles del «sistema ideológico del deseo» del que les estoy hablando. Voy a describir de manera sucinta esas relaciones, descripción que en el libro que pensaba escribir hubiera sido más exhaustiva y documentada.
(José Antonio Marina)